

Dos horas esperando a la puerta de la sala.
Testigos nerviosos, abogados negociando y el funcionario gritando nombres.
Y entonces pasa algo curioso: mientras nosotros peleamos con uñas y dientes por un buen acuerdo, nuestros clientes, a nuestras espaldas, se miran, se acercan… y en dos minutos pactan lo que debió ser —y no quisieron— en dos años.
El juzgado es ese lugar donde la incertidumbre hace milagros… y donde, a veces, de repente, el justiciable, tiene un golpe de sentido común.
Sandra Márquez